miércoles, 24 de octubre de 2012

Salada.

Como una única gota de agua en todo un océano, así de invisible me suelo sentir; como una nube en el inmenso cielo azul, todas las noches sola me resigno a reír.

Invisible...

Tal vez lo que más duele es intentar convencerte a ti misma de que eres feliz, cuando estás hecha una mierda por dentro y contigo misma, y darte cuenta de que ante los tapujos respecto a tus estados emocionales o tus expresiones de falsa alegría, la gente es totalmente indiferente.

A flor de piel.

Ojalá pudiera borrar de mi mente todos esos pensamientos, esas inseguridades sobre mi aspecto y mi persona. ¿Sabes lo que en realidad es mirarse en un espejo y darse asco? ¿Sabes lo que es pasarse desde que llegas a tu casa, hasta que te acuestas a dormir, llorando? ¿Sabes lo que es no poder dormir por culpa de esos recuerdos tormentosos que cada vez, en vez de alejarse de ti, sientes que se aproximan? Un pasado presente, un presente pasado. ¿A caso, sabes lo que es mirarte a los ojos, y pensar que quizá, en algún momento, ves a otras delante de ti y desaparece mi presencia? ¿Sabes cómo duele besar tus labios, y oír todos esos halagos, y pensar que no los merezco, que no valgo la pena? ¿Puedes hacerte a la idea de qué se siente al no poder cambiar tu físico? ¿Sabes lo bochornoso que me resulta tener que levantarme la camiseta y dejar al aire mi estómago? Imagínatelo. Simplemente, soy una chica que ha vivido sonriendo, intentando no llorar delante de la gente para ahorrarse explicaciones, ocultando miles de sentimientos bajo su sonrisa, sentimientos que me hieren, que arden como brasas en mi interior. Todo por ti. Hazte a la idea de que seré así toda mi vida, siempre seré esa chica acomplejada incomprendida, mis sentimientos siempre serán invisibles ante los ojos del resto de la gente. Porque no soy nada, no sirvo para nada, y tampoco le hago falta a nadie.

domingo, 21 de octubre de 2012

Promesa número dos.

Aquel dos de noviembre, prometiste que nunca partirías para alejarte de mi lado. Recuerdo las hojas caer del gran sauce bajo el que nos refugiamos de la lluvia, aquel imponente árbol de ramas húmedas y algo quebradas donde, por primera vez, sentí algo revolotear en mi interior. Te miré. Me miraste. Nos miramos. Bastó tan solo esa mirada para saber que el sol volvería a brillar entre las nubes, entonces, me besaste. Efectivamente, el sol salió, pero desgraciadamente tú, te marchaste con él y me dejaste allí, donde cada otoño espero volver a verte. Espero volver a ver tu sonrisa paseándose por aquel parque, donde, me enamoré de ti.