Esa sensación, cuando accidentalmente, lo ves por primera vez y se detiene el mundo, el planeta deja de girar en torno al Sol y la gravedad ya no es la que mantiene tus pies sobre la Tierra, ahora sientes todo tu entorno girando alrededor de él. Sus ojos paralizan hasta el más agudo de tus sentidos, su mirada te estremece hasta erizar por completo cada parte de tu piel. Sonríe y sientes sumergirte en un profundo sueño del que no quieres despertar; y su olor, te embriaga de todas las maneras posibles cuando se acerca a ti. Tu corazón latiendo a mil pulsaciones por segundo, se acelera cada vez más, a cada segundo, a cada centímetro más cerca de tus labios... Todo, accidentalmente, por desgracia o por fortuna, cambia. ¿Y tú? Tú no puedes hacer nada para evitarlo. Ya es demasiado tarde. No debías haberlo mirado, no debiste haber intercambiado ni el mínimo gesto con él. Cuando no lo tienes cerca de nuevo, y estás en la cama intentando poder dormir, ni el cansancio ni nada pueden hacerte entrar en trance para lograrlo; tu cabeza se llena de pájaros, de ideas, transforma todo aquello que creíste sentir por él haciéndote creer que todo será bonito... Que quizá no seas una más de cientos para él; con la esperanza de que quizá vea en ti algo especial que nunca encontró en otra persona. Sin embargo, cuando vuelves a verlo todas sus miradas o muchas de las que percibes, se están fijando en ti. -Te pones nerviosa y desvías tu atención a cualquier otro punto cercano a él-. Como si él quisiera decir algo y su orgullo o su prepotencia se lo impidiera. Y tú, como una tonta, pensando que quizás, solo quizás, quiera decirte "escápate conmigo" o "vámonos lejos". Pero ves esa posibilidad nula, cada vez más confundida caes en la incertidumbre y la impotencia de no poder saber lo que siente, lo que quiere y lo que piensa de ti. ¿Qué me pasa? Te preguntas cada vez que lo miras y sonríes inevitablemente. Tal vez no merezca la pena, ni debas intentar luchar por ello pero mientras el corazón esté dispuesto a seguir aguantando lo que venga con anhelo de que seguidamente venga por fin la calma en todo este tormento y la batalla entre mi cerebro y mi corazón, que no suelen estar de acuerdo nunca.
Se marcha.
Se está yendo.
Entonces inconscientemente agarras su brazo, lo acercas a ti y le pides con la mirada que se quede. Él aturde tus ideas con su sonrisa, y su despedida, que pareciera que quisiera quedarse para ver qué pasaba entre vosotros. Pareciera que le hubiera gustado seguir allí, en aquel lugar o en otro, pero contigo por esa noche. Al menos para darte la oportunidad de hacerle ver que hay algo en ti que te hace diferente.
Os despedís.
Os miráis.
Un abrazo acompañado de un beso en la mejilla, eso fue todo.
Duró poco, pero fue lo más intenso que has experimentado en tu vida. Quizá debiste besarlo, sacarlo a bailar ya que él no se atrevió. Tal vez de nada sirvió la timidez, cuando lo que tenías que haber hecho desde un principio era llevártelo lejos... No sabes qué pasará cuando lo vuelvas a ver, pero tu corazón te anticipa que dará un vuelco y tu cerebro te pide a gritos que lo escuches a él.
No sabes qué es lo que vas a hacer para conseguirlo. Y si te eres sincera a ti misma, admitirás que
nunca nadie te sonrió así.